Entre otras cosas

¿Que por qué me dedico a esto? No es una pregunta retórica; de un tiempo a esta parte, me formulo este interrogante con frecuencia, y siempre llego a la misma conclusión: por mi cobardía. Sentado frente al espejo del camerino que sin compasión refleja, agranda y magnifica mis arrugas, con el maquillaje trato de disimular mi caducidad, y también una desidia que arrastro como el que arrastra una gran bola de hierro encadenada a su tobillo. Desde hace mucho tiempo, me encuentro más cómodo con una capa de pintura blanca y con esta ficticia sonrisa dibujada que, en mi rostro, esconde mi verdadera cara: la del fracaso.

—¡Esto es una mierda! —se quejaba mi padre antes de cada actuación—, ¡cada vez me cuesta más trabajo maquillarme! Me tengo que poner las gafas, pero me estorban, ¡qué asco hacerse viejo, hijo!
—¿Quieres que te ayude? —Yo me ofrecía, y él, resignado, se dejaba hacer.

Mi padre habría deseado otro futuro para mí; sabía que la suya no era vida: la incertidumbre ante un futuro desconocido, la itinerancia, el no saber si conseguirían galas para la semana siguiente; el calor, el frío… Al final, todo eran pegas. Pero nada conseguía disuadirme: deseaba ser él.

He crecido entre bambalinas; desde que era un crío, esperaba paciente a que mi padre terminase su número. El resto de la troupe, mientras tanto, cuidaban de que no me escapara gateando a visitar a los elefantes (yo no tenía consciencia del peligro de ser aplastado por una de sus formidables patas), o de que no me fuera a con los pequeños leones que acababan de nacer (para mí, eran inofensivos gatitos), o con los chimpancés, que los consideraba compañeros de travesuras. Bruna, la contorsionista, era la encargada de vigilar mis pasos en la mayoría de las ocasiones, pues su número era de los primeros; yo la consideraba una hermana mayor.

No concebía vivir en un lugar diferente; mi familia la componían los que formaban el espectáculo: el director de pista, los alegres músicos, los ágiles equilibristas, los valientes acróbatas, los temerarios domadores de tigres, elefantes y leones, e incluso los que montaban y desmontaban la gran carpa… Todos conformábamos una gran unidad, la única que he conocido.

Dicen que madre solo hay una; yo nunca he estado de acuerdo con esta afirmación. Sin embargo, padre solo he tenido uno: eso sí. La que me parió me abandonó al nacer, y también a su marido: nos quedamos los dos solos. Según lo que me contaban, ella odiaba el coliseo y todo lo que lo rodeaba: odiaba vivir en una caravana sin luz ni agua corriente; odiaba pasar cada día en un pueblo diferente; no colaboraba en lo quehaceres diarios de la comunidad… no se sentía parte de esta. Al parecer, se casó con mi padre con la esperanza de que abandonara todo aquello por ella, que sentara cabeza en una gran ciudad y que consiguiera un trabajo estable. Pero él amaba su oficio; nunca la había engañado al respecto. Dos días después de mi nacimiento, protegida por la oscuridad que le brindaba la noche y de manera furtiva, desapareció (sabía que sus anhelos no se iban a ver nunca cumplidos). Jamás volvimos a saber de ella. Supongo que buscó a un hombre que le concediera sus convencionales deseos. Mi padre, después de la huida de mi madre (según me explicaron, porque él nunca hablaba conmigo de su mujer, a pesar de que le preguntaba con frecuencia en cuanto tuve uso de razón), pasó los primeros años sumido en una gran depresión, que disimulaba con botellas de coñac. Gracias al resto de los que integraban el circo, salí adelante, y él también. Al final, las heridas se cerraron, y consiguió centrarse en mí y en el trabajo; fue entonces cuando su carrera despuntó y alcanzó la merecida fama. Por este motivo, estoy en situación de afirmar que he tenido muchas madres, muchos hermanos, muchas hermanas, e infinidad de tíos que me han aportado el cariño que me debería haber brindado esa madre ausente.

De esta familia he aprendido misterios que, para los que no viven en el ambiente circense, podrían ser pura magia; me han enseñado a hacer malabares, a hablar con los animales, a respetarlos, a considerarlos compañeros (que es lo que son). Este mundo lo llevo en la sangre gracias a todos ellos. Pero yo, yo no he tenido ojos más que para mi padre y para sus números. Él ha sido mi ejemplo. Poco después de haber aprendido a caminar, de haber entendido cuál era su oficio, apenas siendo un muchacho, me escondía detrás del escenario y observaba al público impaciente antes de que empezara el número de los payasos. A pesar de que había otros muchos, el suyo era el más aclamado. Y yo me sentía orgulloso de que fuera mi padre el que se llevaba tales ovaciones.

Llegado el momento (con dieciséis años), me obcequé en no seguir estudiando (el circo contaba con una caravana que hacía las veces de aula, en la que un profesor, contratado por los padres, nos impartía la educación necesaria y básica). Fue entonces cuando mi resignado padre me tomó de aprendiz. Bajo su ala protectora, me enseñó muchos secretos y técnicas de este arte y, poco después, comencé mi paso por este maravilloso sendero. Recuerdo esa etapa como la más feliz de mi vida.

Durante los años que trabajamos juntos, él me preparaba; cada día aprendía una lección nueva. Gozábamos de un gran éxito pero, en el fondo, estaba seguro de que nuestra popularidad provenía solo de uno de nosotros: de mi padre.

Hay dos personajes diferenciados en un número de payasos: el augusto, cuyo papel lo interpretaba él; y el carablanca, que encarnaba yo. Ambas figuras son fundamentales, pero el que lleva el peso de la actuación es el augusto, porque es el que despierta las risas de los niños (y no tan niños). Es el que genera las simpatías del público y es quien provoca sus eternos aplausos. Mi papel, más serio, más agrio, nunca es el favorito; yo lo sabía, y por eso quería ser augusto.

Mi juventud estaba ligada a un alto grado de soberbia, que me ha venido acompañando hasta el presente. En una ocasión, insistí a mi padre hasta la extenuación para que intercambiáramos los papeles; yo me había aprendido el suyo al dedillo, y creía que con eso era más que suficiente. Tal fue mi insistencia que cedió: el resultado fue desastroso. En aquella situación comprometida, me entró el miedo escénico porque me daba cuenta de que mi actuación no despertaba las mismas risas que cuando lo hacía mi padre; él también se percató de ello, pero no perdió el control. Como gran profesional que era, improvisó, y tomó de nuevo las riendas del número. Al final de este (incluso con los roles cambiados), arrancó las tan ansiadas carcajadas del auditorio. Aquella tarde sufrí mi primer baño de realidad y de humildad (de aguas congeladas), aunque mi padre supo amortiguar el golpe, puesto que nunca me lo echó en cara. Aprendí una de las lecciones de mi vida más importantes y que nunca he olvidado: es rematadamente complicado hacer que el público se ría de verdad; no es solo cuestión de saber el papel de memoria: tiene que salir del corazón. Ese día comprendí muchas cosas que él solía decirme, pero yo proseguí con mi huida hacia delante.

Desarrollé el oficio de payaso, sí… pero esto es algo que se es, o no se es. Mi padre me amaba tanto que, a pesar de que sabía que no pasaría de ser un mediocre segundón, me apoyó en mi empeño y me respaldó hasta que murió de forma fulminante sobre el escenario mientras interpretaba una de sus tan exitosas parodias. Me conocía muy bien: sabía que mi carácter pusilánime no me permitía abandonar el nido (nunca fui lo suficiente maduro para hacerlo).

Han transcurrido tres décadas desde su partida. El mundo del circo se ha sumido en una irremediable decadencia; me alegro de que él no haya asistido a su caída (es demasiado triste). Por necesidades económicas, muchos de los que componían mi extensa familia han tomado sendas que nada tienen que ver con el espectáculo; otros estarán actuando junto a mi padre, en donde quiera que estén. Después de que el circo tradicional quedó relegado a pequeñas actuaciones para un número irrisorio de espectadores en diminutos pueblos, donde ya no se permite la presencia de animales en los números, apenas sobrevivo en las tablas. Ahora comprendo lo que me decía: «Estudia, lábrate un futuro fuera de aquí». Y yo, empeñado en imitarlo, no me enteraba del fracaso seguro al que estaba dirigiendo mi vida. Trabajo de payaso, sí, pero ni de lejos despierto el entusiasmo que despertaba mi padre. No recuerdo haber recibido, en todo lo que llevo de carrera en solitario, una ovación que haya sido la mitad de la peor que él recibió en todos sus años de trabajo.

Entonces, ¿por qué me dedico a esto, si no es para recibir el calor del público? Porque, para mí, siempre ha sido más cómodo vivir a través de él y no quise formarme, seguir mi camino, tener mis propias ilusiones, mis propias metas. Porque, siendo sincero conmigo mismo, vivo más seguro con una máscara, tras la que disimulo mi mediocridad, que afrontando mis errores (y no son pocos) con la cara limpia, despejada y al descubierto.

Mi padre me conocía. «Hay cosas que, o se llevan dentro, o no se tienen», decía, pero yo no lo quería escuchar, o no supe comprenderlo. Yo siempre he sido un necio; de él, más que su oficio, debería haber imitado la fuerza con la que se enfrentaba a las dificultades; la alegría y el agradecimiento por lo que teníamos; el amor incondicional por su hijo, que lo hacía crecer y su carácter de superación… esto, entre otras cosas.

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