Febo

A primera hora de esa fría, pero soleada mañana, un emisario comunicaba a Miguel Ángel una gran noticia: el barco ya estaba amarrado en el puerto. Aunque esperado, el acontecimiento despertó tal emoción a nuestro protagonista que abandonó todo lo que le ocupaba para correr (por no decir volar), desde su casa al embarcadero. Con agilidad esquivaba a cuantos vecinos se encontraba a su paso: grupos de comerciantes, paseantes, mujeres con niños (hasta pasó por encima de algún que otro chucho callejero) pero, a pesar de su soltura, no consiguió evitar el choque con una anciana señora que se apoyaba en su bastón para cruzar la calle, y a la que no envió al suelo de puro milagro.

—¡Perdone, señora, pero es que tengo mucha prisa! —Se disculpó sonriente mientras recogía el báculo que a la sorprendida mujer se le había caído por el susto.

—¡Tunante, casi me caigo por culpa tuya! —le recriminó ella, vara en alto, al ver su cara de felicidad.

Nada de lo que pasara ese día podría cambiarle su buen humor y se olvidó de la vetusta fémina al instante, sin mirar atrás. Cuando cruzaba el Ponte Vecchio, se terminaba de colocar la chaqueta y se calaba el sombrero; al aterrizar en la dársena, ya lo esperaban todos para el desembarco del Gigante.

Le habían concedido un importante y decisivo encargo tras competir con varios oponentes. Ya contaba con el respeto y con el prestigio de Roma y del Vaticano desde que había presentado su Piedad, y deseaba triunfar de igual forma en Florencia, ciudad en la que vivían los mecenas de los artistas más reconocidos del país.

El sillar de mármol que transportaba la nao contaba con dieciocho pies de alto, y pesaba más de docientos cincuenta quintales. Amarrado por varios puntos con gruesas sogas, unos enormes artilugios, a modo de poleas con contrapesos y decenas de estibadores iniciaban, bajo su supervisión y con gran esfuerzo, las labores de descarga.

—¡Tengan mucho cuidado! El bloque ya está demasiado mancillado, ¡debe llegar sin más mellas a mi estudio! —muy inquieto les daba órdenes a los operarios que realizaban las laboriosas maniobras de salida de la magnífica masa.

Sabía que los daños que presentaba la piedra eran severos y diversos. Mejor que el Gigante, deberían haberla bautizado la Indomable: varios escultores habían tratado de descubrir su alma antes que él, y todos habían fracasado. Sabía que cada pedazo de mármol paría una única escultura; estaba seguro de que no todos los escultores eran capaces de escudriñar en su interior (muchos no comprendían que las rocas poseen personalidad propia). Él, sin embargo, tenía intuición, tenía ese don: nunca se equivocaba; por eso había aceptado tan complicada labor.
La Opera del Duomo había encargado una escultura con un motivo bíblico para la catedral de Santa María del Fiore; dicho mandato conllevaba una gran responsabilidad y, además, suponía un reto puesto que no iba a ser el primero que había intentado tallar ese gran monolito de jaspe.

El de Caprese tenía en mente varios bocetos, sin embargo, hasta que no hubiera estudiado en profundidad la gran mole, no osaría a coger el cincel. Estaba convencido de que esta le guiaría su mano y le mostraría, como una revelación, la imagen que se escondía en sus entrañas. El ansia por tenerla en su estudio era máxima pero, después de haber esperado dos meses a que llegara por mar, remontando el Arno desde el norte, bien podía aguardar un poco más con tal de que llegase sana y salva.

Por fin, tras varias horas de arduo esfuerzo, consiguieron colocar en su destino al peculiar lienzo en blanco. Todos se fueron y el artista pudo quedarse a solas con su nuevo inquilino; lo contempló como si fuera un recién nacido: frágil, pero poderoso como el llanto de un bebé. Se sentía intimidado por sus dimensiones, también empequeñecido; al mismo tiempo, nunca había experimentado un estímulo tan vívido.

Mientras cerraba los ojos, pegaba su oreja al mármol, como si escuchara latir su corazón de piedra. Su mano acariciaba la fría superficie; pasó un rato de esa guisa y, de repente, algo parecido a una chispa de electricidad penetró desde sus dedos hasta la mitad de su brazo: habían establecido conexión.

Siempre que comenzaba una obra nueva, exploraba la materia prima con el objetivo de conocer cada beta, cada defecto, cada hendidura, cada herida. Se aprendía de memoria su volumen y sus formas; estaba convencido de que no era él quien decidía qué esculpir, sino que eran los cantos en bruto los que definían lo que en estos debía de tallar y esta no iba a ser la excepción.
Una vez establecido ese vínculo, una vez que sentía que la piedra confiaba en él, todo debería ser más fácil: se instalaría en su nave hasta tener terminada su obra; no se separaría de su creación, y nadie podría entrar allí hasta que no estuviera concluida.

Pasó semanas realizando un exhaustivo análisis y estudio; para airearse, solía pasear por la ribera del Arno al caer el sol; era su manera de buscar la inspiración. Por fin, había escuchado a la roca y había determinado lo que debía cincelar: sería un David (para él, su Goliat era ese gran bloque de mármol). El problema fue que empezaba a desesperarse porque no lograba encontrar el modelo ideal, la postura, el ademán, el gesto perfecto que era lo que aportaría carácter al personaje, y que para él lo era todo. Ninguno de los dibujos que hacía lo satisfacía, sencillamente, no creía que estuvieran a la altura de su propósito.

Una tarde de severo calor, taciturno se cobijaba del sol bajo la sombra de un imponente sauce; Miguel Ángel comenzó a llorar desolado porque seguía sin dar con su musa; estaba a punto de claudicar y reconocer su fracaso, como antes habían hecho otros: debía empezar a admitir que, quizá, el Gigante nunca se iba a dejar doblegar. Comenzaba a perder la fe cuando, muy cerca de él, un grupo de muchachos, de no más de diecisiete años, comenzó a desnudarse sin pudor para tomar un refrescante baño.

—¡Febo!, ¿qué haces que no vienes? —gritaron algunos de ellos a otro joven rezagado que llegaba risueño y tranquilo.

Al instante, una epifanía despertó los dedos del escultor cuando, distraído, dirigía su mirada hacia la misma dirección que los chavales. Al segundo, un hormigueo le instó a coger el carbón para dibujar la sobrecogedora y bella imagen que tenía frente a él: un efebo, de dorada cabellera rizada, posaba desnudo y orgulloso frente a sus amigos junto a la orilla, antes de meterse en las frías aguas del Arno. El peso de su cuerpo se apoyaba sobre su esbelta pierna derecha; su imberbe rostro miraba con el ceño fruncido hacia la izquierda, con los hombros algo adelantados, en posición de ataque y actitud desafiante. Su torso, definido y fibroso, mostraba un cuerpo ágil y apetecible. Miguel Ángel creyó, ingenuo, que se exhibía para él.

—¡Perfecto! —exclamó extasiado mientras terminaba su boceto y, a la vez, admiraba la belleza del mozo. Tal excepcional visión duró un minuto, hasta que desapareció junto a sus amigos en las refrescantes aguas; ese minuto bastó para despertar la inspiración que el artista suponía perdida para siempre.

Aunque volvió a ese mismo lugar en numerosas ocasiones, con la esperanza de volver a ver al objeto de su oculto deseo, nunca más lo volvió a ver. Tan solo le quedó su nombre: Febo.

El escultor tardó más de dos años en terminar y en mostrar su creación al mundo. Por su gran tamaño, no se pudo colocar en la catedral, sino en Piazza della Signoria. Los florentinos lo admiraron tal como esperaba su creador; pero, además, erigieron y adoptaron a la efigie como el símbolo de la victoria del pueblo sobre la hegemonía de los Médici.

Miguel ángel, a pesar de que estaba muy orgulloso de su obra, se mantenía ajeno a tal deslumbramiento y al agradecimiento de la ciudad de Florencia por ese magnífico presente.

En realidad, a él le bastaba con deleitarse contemplando el rostro de su David, que no era otro que el de aquel muchacho al que jamás había vuelto a ver; al que nunca dejaría de amar y el que lo había inspirado para crear, según muchos, su mejor y más grandioso trabajo.

 

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